Cuando el trauma vive en el cuerpo

Cómo las experiencias abrumadoras pueden moldear el cerebro, el cuerpo y nuestra sensación de seguridad a través de cambios en la regulación del sistema nervioso y la conciencia corporal.

¿Por qué el corazón se nos acelera, el pecho se oprime o el cuerpo se queda completamente paralizado ante  un recuerdo doloroso?

La neurociencia contemporánea respalda cada vez más lo que muchos enfoques humanistas y corporales llevan tiempo sugiriendo: el trauma no es solo un recuerdo que vive en nuestros pensamientos, sino una impronta biológica que puede permanecer activa en el sistema nervioso e influir en la postura, el tono muscular y los patrones de respuesta fisiológica.

Cuando nos atraviesa una experiencia traumática, el impacto puede afectar profundamente tanto a la función cerebral como a la regulación corporal. No se trata simplemente de una incapacidad para «superar» un evento doloroso; implica una reorganización del sistema nervioso que está orientado a la supervivencia.

El cerebro bajo amenaza: la anatomía del miedo

Como ha descrito el psiquiatra Bessel van der Kolk, las experiencias abrumadoras pueden expresarse a través de tensión muscular crónica y desregulación autonómica persistente, moldeando la forma en que el cuerpo responde mucho tiempo después de que el evento original haya pasado (1). Este patrón neurobiológico puede manifestarse en síntomas cotidianos como la hipervigilancia, respuestas de sobresalto exageradas y una dificultad significativa para regular los estados emocionales.

El trauma crónico no es una idea abstracta; puede afectar a la estructura, la conectividad y el funcionamiento de las regiones cerebrales implicadas en la detección del peligro, el procesamiento emocional y la percepción del tiempo.

  • El secuestro de la amígdala (hipervigilancia): La amígdala funciona como el sistema de alarma del cerebro. Tras un evento traumático, esta estructura puede volverse hipersensible. Para las personas con trastorno de estrés postraumático (TEPT), señales del presente aparentemente inofensivas —un tono de voz, un olor o un cambio en la iluminación— pueden activar la alarma como si el peligro estuviera ocurriendo aquí y ahora, liberando hormonas del estrés como el cortisol y la adrenalina (2).

  • Actividad reducida en el área de Broca (cuando las palabras desaparecen): Los estudios de neuroimagen han demostrado que, durante la reactivación traumática, el área de Broca —la región involucrada en la producción del lenguaje y la organización verbal de la experiencia— puede mostrar una actividad reducida. Esto ayuda a explicar por qué la expresión verbal puede volverse extremadamente difícil cuando el trauma se reactiva, y por qué los enfoques corporales deberían usarse junto con la terapia de conversación en lugar de en oposición a ella (3).

  • Cambios en el hipocampo (cuando el tiempo parece congelado): El hipocampo nos ayuda a contextualizar y situar los recuerdos en el tiempo. Sin embargo, el estrés crónico y la exposición prolongada a niveles elevados de cortisol pueden causar cambios en el funcionamiento y el volumen del hipocampo. Cuando este sistema se altera, los recuerdos traumáticos pueden sentirse menos como eventos que ocurrieron en el pasado y más como amenazas actuales, haciendo que el cuerpo reaccione como si el peligro todavía estuviera presente (4).

La pérdida de la interocepción: el cuerpo ajeno

En muchos casos, los síntomas postraumáticos pueden entenderse como un sistema nervioso atrapado en un bucle de supervivencia: el cuerpo que responde hoy con estrategias que alguna vez fueron necesarias para su protección.

Una de las consecuencias más dolorosas del trauma puede ser la alteración de la interocepción: nuestra capacidad para percibir las señales internas del cuerpo, como pueden ser el ritmo cardíaco, la respiración, la tensión muscular o las sensaciones en el estómago y el pecho.

Desde esta mirada, la investigación nos sugiere que el trauma puede afectar el funcionamiento de la ínsula, una región cerebral implicada en la conciencia corporal y el procesamiento emocional.

Cuando las sensaciones internas se asocian con el miedo o el peligro, podemos  comenzar a desconectarnos de la conciencia corporal como una estrategia de protección (5). Esto puede acarrear consecuencias como:

  • Disminución del rango emocional: cuando se reduce la capacidad de sentir el malestar, también puede disminuir la capacidad de sentir seguridad, calma, placer y conexión. El cuerpo puede empezar a sentirse rígido, distante o extraño.

  • Reorganización somática: Si el trauma afecta al cerebro y al cuerpo a través de la experiencia corporal vivida, la recuperación no puede basarse únicamente en la comprensión intelectual.  

Comprender esta realidad biológica transforma el panorama terapéutico.

El trauma no vive en la memoria, sino en un cuerpo y un sistema nervioso fijados en la supervivencia.

La integración somática del trauma

Los enfoques somáticos, el movimiento, el trabajo con la respiración (breathwork), el tacto terapéutico y las prácticas que restauran la conciencia interoceptiva pueden ayudar a crear nuevas experiencias de seguridad en las que el sistema nervioso pueda aprender a confiar gradualmente.

Al intervenir directamente sobre el cuerpo y sus respuestas fisiológicas, permitimos que las vías neurológicas reentrenen su percepción del entorno, saliendo progresivamente del bucle de amenaza permanente.

Este abordaje de integración cuerpo-mente permite devolver al individuo la capacidad de habitar su propio cuerpo sin la amenaza constante de la activación sintomática o la desconexión emocional.

Podemos concluir, entonces, que comprender la neurobiología del trauma es el primer paso para desestigmatizar el síntoma: no se trata de una falla de la voluntad, sino de una respuesta biológica inteligente que busca ser regulada desde la seguridad corporal.

Qué nos dice la evidencia:

¿Qué muestra la investigación?
 

La investigación actual indica que el trauma afecta a la regulación emocional, la conciencia corporal, la fisiología del estrés y el funcionamiento de las regiones cerebrales implicadas en la memoria y la detección de amenazas. Asimismo, la evidencia demuestra que las intervenciones corporales favorecen la regulación del sistema nervioso y mejoran la sensación de seguridad y conexión con el propio cuerpo.

  1. Van der Kolk, B. A. (2014). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. Viking.

  2. Rauch, S. L., et al. (1996). Exaggerated amygdala response in posttraumatic stress disorder. Biological Psychiatry, 40(5), 312-319.

  3. Shin, L. M., et al. (2006). Amygdala, medial prefrontal cortex, and hippocampal function in PTSD. Annals of the New York Academy of Sciences, 1071(1), 67-79.

  4. Bremner, J. D. (2006). Traumatic stress: effects on the brain. Dialogues in Clinical Neuroscience, 8(4), 445-461.

  5. Lanius, R. A., et al. (2010). Emotion modulation in PTSD: Clinical and neurobiological evidence for a dissociative subtype. American Journal of Psychiatry, 167(6), 640-647.

Las intervenciones corporales no sustituyen el espacio terapéutico, pero se convierten en una vía indispensable para restaurar la conciencia interoceptiva, regular el sistema nervioso y recuperar la vivencia del cuerpo como un lugar seguro.

¿Cómo se pueden reconstruir los puentes neurológicos tras el trauma?Descubre la ciencia detrás del yoga y los efectos del asana, la respiración consciente y la atención plena sobre la interocepción y el equilibrio nervioso.

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Sobre la autora

Beatriz Arosta

Soy psicóloga y terapeuta corporal especializada en salud, conexión mente-cuerpo y transformación humana. Escribo sobre psicología, ciencia, arte y experiencia humana desde una perspectiva integradora y basada en la evidencia, explorando diferentes caminos de comprensión y cambio.

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